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Revista 30

Profesionales jóvenes:

¿Debo decir que tengo diabetes?

Por Albina Sabater Villalba*. Fotografías: Alvaro Sottovia.
*Albina Sabater Villalba es periodista de la Universidad de Chile .

La opción no siempre es sencilla. Cuando recién han salido de la universidad, los que optan a un empleo saben que están compitiendo con otros que tienen impecables certificados de salud. Entonces, ¿qué hacer? Recogimos las experiencias de seis profesionales que están iniciando sus carreras.

    La honestidad es, sin duda alguna, un valor muy apreciado. Pero hay ocasiones en que la posibilidad de decir la verdad se ve enfrentada a situaciones complejas. Eso ocurre, por ejemplo, cuando un joven profesional tiene diabetes, postula a un trabajo y debe decidir entre dos opciones: hablar del tema claramente, sin que se lo pregunten, arriesgándose a que lo miren con una cierta desconfianza y no lo contraten, o quedarse callado, también corriendo el riesgo de que luego sepan que es diabético y puedan acusarlo de haber ocultado información importante.
Este tema siempre ha inquietado a los diabéticos. Hay testimonios de que la verdad es una buena opción, como lo que le ocurrió en el año 2000 al médico Sergio Moreno: supuso que podía tener problemas para hacer su beca de cirugía en el Hospital Clínico de la Universidad Católica. “Mi mayor temor era que, como se trataba de una especialidad quirúrgica que implica estar en pabellón con horarios largos, me negaran esa posibilidad. Pero cuando me entrevisté con el jefe del programa de cirugía le dije derechamente si yo tenía algún impedimento por ser diabético. El me respondió: por supuesto que no. Te valoramos por tu trabajo”.

¿Y qué han hecho hoy algunos jóvenes enfrentados a esta situación? Veamos:

Juan Esteban Salvatierra, 25 años, egresado de Derecho , no oculta su condición de diabético. El tenía 12 años cuando lo diagnosticaron. El hecho fue una completa sorpresa para la familia, pero la información se entregó rápidamente al colegio. “Tenía a los profes encima y me cuidaban harto. Me acostumbré a que los demás supieran que era diabético”.
Juan Esteban se siente satisfecho con su profesión de abogado, cuyo título espera obtener en los próximos meses. “Me gusta eso de defender las causas, y ya llevo tres años trabajando como procurador, viendo las causas de un abogado que fue profesor mío en la Universidad Diego Portales. El sabe que soy diabético y lo toma en forma perfectamente normal. Yo soy súper directo. Y es bueno serlo, porque frente a cualquier eventualidad la gente puede decir ¿por qué no nos informó?. La confianza se basa en la transparencia”.

EX REBELDE GANA EL FONDART
Christian Maldonado, 28 años (y diabético desde los 7), realizador de cine , está radiante porque acaba de estrenar su primera película, “El Duelo”, en el cine Alameda. Fue un logro doble: ganó el concurso de Fondart, e hizo el filme. Sin embargo, pocos saben que sus glicemias pueden subir o bajar en forma abrupta: “Tengo muchos traumas con eso de contar que soy diabético. Y me ha sucedido así desde que era chico, porque soy tímido, poco comunicativo. Además, cuando he intentado contarlo, he tenido malas experiencias, y he quedado el doble de achacado”.
Christian es profesor ayudante en la Universidad Arcis, donde él también estudió. Trabaja a honorarios, y cuando le ofrecieron el puesto no mencionó su condición de salud. “Nadie me preguntó nada, y no veo para qué tendría que contarlo”. En cuanto a su naciente carrera, asegura que más vale no mencionar el tema. “Como estoy empezando, he trabajado más como asistente que como realizador. Pero aquí el tiempo es oro, siempre se trabaja apurado y la filmación no puede parar. Además, estoy con gente que no volveré a ver, porque al director lo conozco de vista, a los actores los ubico por la tele y del resto no sé ni los nombres. ¿Qué sentido tendría decirles que soy diabético? Primero, no les va a importar, y segundo, no me volverían a llamar jamás, porque pensarían ¿para qué queremos un cacho si podemos llamar a cincuenta que no tienen problemas?
En caso de apuro, Christian prefiere estar con la glicemia entre 150 y 200, para no correr el riesgo que le dé una baja. Le ha pasado varias veces, y aunque ha resuelto el problema usando agua con azúcar (en su mochila siempre lleva una botella con este preparado), los sustos han sido grandes. “Una vez, haciendo un cortometraje desde muy temprano, sin un minuto de descanso, ya era tarde y yo estaba con baja, casi a punto de desmayarme. Justo dicen: Break de media hora; vamos a comer. Yo ya tenía mi sándwich, cuando gritan ¡Hey, hay que seguir, el actor tiene que irse! Me lo comí rápido, pero igual me demoré unos minutos en volver a la cámara. Durante ese rato, todos me miraron feo; hubo tensión y mala onda. Pero habría sido peor si les hubiera explicado que necesitaba comer porque tengo diabetes. Por eso no me pincho ni me mido en público. Además, con las nuevas insulinas he podido sentirme más seguro”.

Las nuevas insulinas han resultado maravillosas para el viñamarino Mauricio Pergelier. Este ingeniero comercial de 29 años, tenía 18 cuando fue diagnosticado. Estudiò Ingeniería Comercial en la Universidad Marítima de Viña del Mar y se tituló en mayo del año 2000, después de haber hecho prácticas en diversas empresas desde 1997, justo el año en que se desató la crisis asiática, causando despidos masivos en muchas compañías. “Estuve en las listas de varias empresas, incluso pasando los exámenes de salud y siempre tratando de esconder la diabetes. Iba con insulina rápida y con mis colaciones en el bolsillo, tratando de que se notaran lo menos posible, para que los exámenes de sangre aparecieran normales”. Sin embargo, los coletazos de la crisis seguían afectando al país. Algunos trabajos duraron poco tiempo hasta que finalmente quedó como Jefe de Adquisiciones en Mobel Forte, donde se fabrican sofás y juegos de living para las grandes tiendas. Sólo enfrentó entrevistas verbales. “Nunca mencioné la diabetes, hasta que un día tuve una hipoglicemia y todos supieron que yo era insulino-dependiente. El gerente general estaba preocupado y me dijo que no tenía por qué esconder mi condición, debido a que lo que ellos valoraban era la eficiencia y la idoneidad para el cargo”.
Desde entonces, todo cambió. “Ahora saben que estoy mejor con las nuevas insulinas, la ultrarrápida y la basal, que dura 24 horas. Se acabó el rollo de estar pendiente de las colaciones. Además, me siento orgulloso de que me permitan estar tranquilo desde el punto de vista de mi desarrollo profesional. Es una virtud que no todas las empresas poseen. Por eso hay que destacarlo”.
Propone: “Hay que seguir entregando información sobre el tema, para que el conocimiento llegue a los niveles gerenciales y, especialmente, a los departamentos de selección de personal”.

Angella Ravioly, 26 años, educadora de párvulos, iba en tercer año medio cuando la diagnosticaron. “No me costó nada adaptarme, y después estudié Educación Parvularia en la Universidad Finis Terrae. Mis compañeras y profesores fueron muy solidarios. El primer inconveniente surgió en la práctica profesional, porque en un jardín infantil, la directora supo esto de la diabetes y solicitó un certificado de mi doctora, que asegurara que yo no iba a tener problemas. Conseguí el papel, que explicaba mi condición, pero yo encontré absurdo el asunto”.
Después de la práctica se enfrentó al mundo laboral. “Mi curriculum era bueno, pero me decían usted no tiene experiencia. ¿Y cómo la iba a tener si no me daban la oportunidad?” Un día sonó el celular: un profesor para el cual había hecho ayudantías en la universidad le ofrecía un puesto en un colegio. El sabía que Angella era diabética y le informó al director del establecimiento. “Todo parecía andar bien hasta que presenté una baja de azúcar y perdí el conocimiento. El director también se complicó; pidió un informe de mi doctora donde se certificara que yo no iba a presentar más episodios de este tipo. Me salieron lágrimas, pero aguanté. Después pedí hablar con él y le dije: “Tengo el certificado, pero no establece lo que usted quiere que diga. No puedo asegurarle que nunca más voy a presentar este tipo de episodios”.
Poco después, otro profesor de ese establecimiento fue nombrado rector de un nuevo colegio, y le ofreció trabajo como educadora de párvulos. “Aquí no tengo ningún problema; todos saben que tengo diabetes y, si debo ir al doctor, me autorizan¨.

DISCRIMINACION Y MENTIRAS
Las cosas han resultado difíciles para una secretaria administrativa. Por eso, prefiere el anonimato y no fue fotografiada. Ella tiene ahora 33 años, pero le diagnosticaron diabetes a los 18. Una vez titulada en Turismo, encontró trabajo en la empresa donde se encuentra hoy.
“Nadie me preguntó nada sobre mi salud, porque me veía, y me veo, súper sana. De todas maneras, antes de firmar contrato le pregunté a mi doctora si debía declarar mi diabetes y me recomendó que no lo hiciera, porque en la Isapre podían ponerme trabas. Así que decidí quedarme callada”. El problema fue que le correspondió hacer turnos, de día, tarde y noche, y se anduvo descompensando. Ya llevaba varios meses en la empresa; le había contado a sus superiores que era diabética, y lo habían tomado bien. Resultó una oportuna medida, porque poco después le vino una hipoglicemia y tuvieron que llevarla a la clínica. “Me repuse rápidamente, pero tuve que pagar todo por mi cuenta. En la empresa fueron comprensivos y me cambiaron a un turno normal”.
Otras tres hipoglicemias, seguidas de sendos viajes a la clínica, la convencieron de que habría sido mejor declarar a la Isapre la preexistencia de la diabetes. “Pero ya es demasiado tarde, y si ahora lo digo me van a acusar de haber mentido en este tema y me pueden castigar por varios años. Ahora estoy bien, y con la insulina ultrarrápida me cambió la vida. Aún así, yo creo que si en una empresa dices que eres diabético puedes ser discriminado, igual que la gente coja, o los que tienen problemas a la vista”.

UN FISICO LUCIDO
Marcel López Urbina, 31 años, es profesor de Física. Le diagnosticaron diabetes un verano, cuando estudiaba en la Universidad de Santiago. Al titularse, fue recomendado por uno de sus maestros para hacer reforzamiento de Física a los alumnos del Instituto Nacional. Y firmó contrato como profesor del staff en el año 2000. Nadie le preguntó nada sobre la diabetes, pero sus colegas cercanos lo sabían. Por otra parte, como Marcel se declara muy responsable con su enfermedad, ha tenido pocos problemas. “Sé que necesito estar lúcido para hacer las clases, y cuando me baja el azúcar, pierdo la noción espacio-temporal. Me ha pasado dos veces en el colegio, pero otros profesores me han ayudado a salir del paso. Nunca he ido a un hospital. Las pocas veces que me he sentido mal, termino la clase. Aquí solicitan que el profesor brinde calidad intelectual y académica, y eso puedo entregar. De hecho, estoy terminando un Magíster en Física, en la misma Universidad de Santiago”.

Aunque esa actitud merece aplausos, parece que no siempre es posible ponerla en práctica...

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Esteban Salvatierra, procurador, siempre ha dicho que es diabético: «La confianza se basa en la transparencia».

 

 

 

 

 

Christian Maldonado, realizador de cine, califica al 2004 como uno de los mejores de su vida: «Estrené mi obra y fui nombrado profesor de la Universidad Arcis, donde estudié».

 

 

 

 

 

 

Mauricio Pergelier, ingeniero comercial, se siente orgulloso de su desarrollo profesional: «En la empresa me apoyan y esa es una actitud que hay que destacar».

 

 

 

 

 

 

Angella Ravioly, educadora de párvulos, tuvo problemas en su primer trabajo, pero en el actual «todos saben que tengo diabetes y hasta me autorizan ir al doctor».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marcel López, profesor de física en el Instituto Nacional: «Aquí piden que el profesor brinde calidad intelectual y académica y eso yo lo puedo entregar».

 

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