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¿Debo decir que tengo diabetes? |
Por
Albina Sabater Villalba*. Fotografías: Alvaro Sottovia.
*Albina Sabater Villalba es periodista de la Universidad de
Chile . |
La opción no
siempre es sencilla. Cuando recién han salido de la
universidad, los que optan a un empleo saben que están
compitiendo con otros que tienen impecables certificados de
salud. Entonces, ¿qué hacer? Recogimos las experiencias
de seis profesionales que están iniciando sus carreras.
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La
honestidad es, sin duda alguna, un valor muy apreciado. Pero
hay ocasiones en que la posibilidad de decir la verdad se
ve enfrentada a situaciones complejas. Eso ocurre, por ejemplo,
cuando un joven profesional tiene diabetes, postula a un trabajo
y debe decidir entre dos opciones: hablar del tema claramente,
sin que se lo pregunten, arriesgándose a que lo miren
con una cierta desconfianza y no lo contraten, o quedarse
callado, también corriendo el riesgo de que luego sepan
que es diabético y puedan acusarlo de haber ocultado
información importante.
Este tema siempre ha inquietado a los diabéticos. Hay
testimonios de que la verdad es una buena opción, como
lo que le ocurrió en el año 2000 al médico
Sergio Moreno: supuso que podía tener problemas para
hacer su beca de cirugía en el Hospital Clínico
de la Universidad Católica. “Mi mayor temor era
que, como se trataba de una especialidad quirúrgica
que implica estar en pabellón con horarios largos,
me negaran esa posibilidad. Pero cuando me entrevisté
con el jefe del programa de cirugía le dije derechamente
si yo tenía algún impedimento por ser diabético.
El me respondió: por supuesto que no. Te valoramos
por tu trabajo”.
¿Y qué han hecho hoy algunos jóvenes
enfrentados a esta situación? Veamos:
Juan Esteban Salvatierra, 25 años,
egresado de Derecho , no oculta su condición de diabético.
El tenía 12 años cuando lo diagnosticaron. El
hecho fue una completa sorpresa para la familia, pero la información
se entregó rápidamente al colegio. “Tenía
a los profes encima y me cuidaban harto. Me acostumbré
a que los demás supieran que era diabético”.
Juan Esteban se siente satisfecho con su profesión
de abogado, cuyo título espera obtener en los próximos
meses. “Me gusta eso de defender las causas, y ya llevo
tres años trabajando como procurador, viendo las causas
de un abogado que fue profesor mío en la Universidad
Diego Portales. El sabe que soy diabético y lo toma
en forma perfectamente normal. Yo soy súper directo.
Y es bueno serlo, porque frente a cualquier eventualidad la
gente puede decir ¿por qué no nos informó?.
La confianza se basa en la transparencia”.
EX REBELDE GANA EL FONDART
Christian Maldonado, 28 años (y diabético
desde los 7), realizador de cine , está radiante porque
acaba de estrenar su primera película, “El Duelo”,
en el cine Alameda. Fue un logro doble: ganó el concurso
de Fondart, e hizo el filme. Sin embargo, pocos saben que
sus glicemias pueden subir o bajar en forma abrupta: “Tengo
muchos traumas con eso de contar que soy diabético.
Y me ha sucedido así desde que era chico, porque soy
tímido, poco comunicativo. Además, cuando he
intentado contarlo, he tenido malas experiencias, y he quedado
el doble de achacado”.
Christian es profesor ayudante en la Universidad Arcis, donde
él también estudió. Trabaja a honorarios,
y cuando le ofrecieron el puesto no mencionó su condición
de salud. “Nadie me preguntó nada, y no veo para
qué tendría que contarlo”. En cuanto a
su naciente carrera, asegura que más vale no mencionar
el tema. “Como estoy empezando, he trabajado más
como asistente que como realizador. Pero aquí el tiempo
es oro, siempre se trabaja apurado y la filmación no
puede parar. Además, estoy con gente que no volveré
a ver, porque al director lo conozco de vista, a los actores
los ubico por la tele y del resto no sé ni los nombres.
¿Qué sentido tendría decirles que soy
diabético? Primero, no les va a importar, y segundo,
no me volverían a llamar jamás, porque pensarían
¿para qué queremos un cacho si podemos llamar
a cincuenta que no tienen problemas?
En caso de apuro, Christian prefiere estar con la glicemia
entre 150 y 200, para no correr el riesgo que le dé
una baja. Le ha pasado varias veces, y aunque ha resuelto
el problema usando agua con azúcar (en su mochila siempre
lleva una botella con este preparado), los sustos han sido
grandes. “Una vez, haciendo un cortometraje desde muy
temprano, sin un minuto de descanso, ya era tarde y yo estaba
con baja, casi a punto de desmayarme. Justo dicen: Break de
media hora; vamos a comer. Yo ya tenía mi sándwich,
cuando gritan ¡Hey, hay que seguir, el actor tiene que
irse! Me lo comí rápido, pero igual me demoré
unos minutos en volver a la cámara. Durante ese rato,
todos me miraron feo; hubo tensión y mala onda. Pero
habría sido peor si les hubiera explicado que necesitaba
comer porque tengo diabetes. Por eso no me pincho ni me mido
en público. Además, con las nuevas insulinas
he podido sentirme más seguro”.
Las nuevas insulinas han resultado maravillosas para el
viñamarino Mauricio Pergelier. Este
ingeniero comercial de 29 años, tenía 18 cuando
fue diagnosticado. Estudiò Ingeniería Comercial
en la Universidad Marítima de Viña del Mar y
se tituló en mayo del año 2000, después
de haber hecho prácticas en diversas empresas desde
1997, justo el año en que se desató la crisis
asiática, causando despidos masivos en muchas compañías.
“Estuve en las listas de varias empresas, incluso pasando
los exámenes de salud y siempre tratando de esconder
la diabetes. Iba con insulina rápida y con mis colaciones
en el bolsillo, tratando de que se notaran lo menos posible,
para que los exámenes de sangre aparecieran normales”.
Sin embargo, los coletazos de la crisis seguían afectando
al país. Algunos trabajos duraron poco tiempo hasta
que finalmente quedó como Jefe de Adquisiciones en
Mobel Forte, donde se fabrican sofás y juegos de living
para las grandes tiendas. Sólo enfrentó entrevistas
verbales. “Nunca mencioné la diabetes, hasta
que un día tuve una hipoglicemia y todos supieron que
yo era insulino-dependiente. El gerente general estaba preocupado
y me dijo que no tenía por qué esconder mi condición,
debido a que lo que ellos valoraban era la eficiencia y la
idoneidad para el cargo”.
Desde entonces, todo cambió. “Ahora saben que
estoy mejor con las nuevas insulinas, la ultrarrápida
y la basal, que dura 24 horas. Se acabó el rollo de
estar pendiente de las colaciones. Además, me siento
orgulloso de que me permitan estar tranquilo desde el punto
de vista de mi desarrollo profesional. Es una virtud que no
todas las empresas poseen. Por eso hay que destacarlo”.
Propone: “Hay que seguir entregando información
sobre el tema, para que el conocimiento llegue a los niveles
gerenciales y, especialmente, a los departamentos de selección
de personal”.
Angella Ravioly, 26 años, educadora
de párvulos, iba en tercer año medio cuando
la diagnosticaron. “No me costó nada adaptarme,
y después estudié Educación Parvularia
en la Universidad Finis Terrae. Mis compañeras y profesores
fueron muy solidarios. El primer inconveniente surgió
en la práctica profesional, porque en un jardín
infantil, la directora supo esto de la diabetes y solicitó
un certificado de mi doctora, que asegurara que yo no iba
a tener problemas. Conseguí el papel, que explicaba
mi condición, pero yo encontré absurdo el asunto”.
Después de la práctica se enfrentó al
mundo laboral. “Mi curriculum era bueno, pero me decían
usted no tiene experiencia. ¿Y cómo la iba a
tener si no me daban la oportunidad?” Un día
sonó el celular: un profesor para el cual había
hecho ayudantías en la universidad le ofrecía
un puesto en un colegio. El sabía que Angella era diabética
y le informó al director del establecimiento. “Todo
parecía andar bien hasta que presenté una baja
de azúcar y perdí el conocimiento. El director
también se complicó; pidió un informe
de mi doctora donde se certificara que yo no iba a presentar
más episodios de este tipo. Me salieron lágrimas,
pero aguanté. Después pedí hablar con
él y le dije: “Tengo el certificado, pero no
establece lo que usted quiere que diga. No puedo asegurarle
que nunca más voy a presentar este tipo de episodios”.
Poco después, otro profesor de ese establecimiento
fue nombrado rector de un nuevo colegio, y le ofreció
trabajo como educadora de párvulos. “Aquí
no tengo ningún problema; todos saben que tengo diabetes
y, si debo ir al doctor, me autorizan¨.
DISCRIMINACION Y MENTIRAS
Las cosas han resultado difíciles para una secretaria
administrativa. Por eso, prefiere el anonimato y no fue fotografiada.
Ella tiene ahora 33 años, pero le diagnosticaron diabetes
a los 18. Una vez titulada en Turismo, encontró trabajo
en la empresa donde se encuentra hoy.
“Nadie me preguntó nada sobre mi salud, porque
me veía, y me veo, súper sana. De todas maneras,
antes de firmar contrato le pregunté a mi doctora si
debía declarar mi diabetes y me recomendó que
no lo hiciera, porque en la Isapre podían ponerme trabas.
Así que decidí quedarme callada”. El problema
fue que le correspondió hacer turnos, de día,
tarde y noche, y se anduvo descompensando. Ya llevaba varios
meses en la empresa; le había contado a sus superiores
que era diabética, y lo habían tomado bien.
Resultó una oportuna medida, porque poco después
le vino una hipoglicemia y tuvieron que llevarla a la clínica.
“Me repuse rápidamente, pero tuve que pagar todo
por mi cuenta. En la empresa fueron comprensivos y me cambiaron
a un turno normal”.
Otras tres hipoglicemias, seguidas de sendos viajes a la clínica,
la convencieron de que habría sido mejor declarar a
la Isapre la preexistencia de la diabetes. “Pero ya
es demasiado tarde, y si ahora lo digo me van a acusar de
haber mentido en este tema y me pueden castigar por varios
años. Ahora estoy bien, y con la insulina ultrarrápida
me cambió la vida. Aún así, yo creo que
si en una empresa dices que eres diabético puedes ser
discriminado, igual que la gente coja, o los que tienen problemas
a la vista”.
UN FISICO LUCIDO
Marcel López Urbina, 31 años,
es profesor de Física. Le diagnosticaron diabetes un
verano, cuando estudiaba en la Universidad de Santiago. Al
titularse, fue recomendado por uno de sus maestros para hacer
reforzamiento de Física a los alumnos del Instituto
Nacional. Y firmó contrato como profesor del staff
en el año 2000. Nadie le preguntó nada sobre
la diabetes, pero sus colegas cercanos lo sabían. Por
otra parte, como Marcel se declara muy responsable con su
enfermedad, ha tenido pocos problemas. “Sé que
necesito estar lúcido para hacer las clases, y cuando
me baja el azúcar, pierdo la noción espacio-temporal.
Me ha pasado dos veces en el colegio, pero otros profesores
me han ayudado a salir del paso. Nunca he ido a un hospital.
Las pocas veces que me he sentido mal, termino la clase. Aquí
solicitan que el profesor brinde calidad intelectual y académica,
y eso puedo entregar. De hecho, estoy terminando un Magíster
en Física, en la misma Universidad de Santiago”.
Aunque esa actitud merece aplausos, parece que no siempre
es posible ponerla en práctica... |

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Juan Esteban Salvatierra,
procurador, siempre ha dicho que es diabético: «La
confianza se basa en la transparencia». |
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Christian Maldonado, realizador de cine,
califica al 2004 como uno de los mejores de su vida: «Estrené
mi obra y fui nombrado profesor de la Universidad Arcis,
donde estudié».
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Mauricio Pergelier, ingeniero comercial,
se siente orgulloso de su desarrollo profesional: «En
la empresa me apoyan y esa es una actitud que hay que destacar».
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Angella Ravioly, educadora de párvulos,
tuvo problemas en su primer trabajo, pero en el actual «todos
saben que tengo diabetes y hasta me autorizan ir al doctor».
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Marcel López, profesor de física
en el Instituto Nacional: «Aquí piden que el
profesor brinde calidad intelectual y académica y
eso yo lo puedo entregar».
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